Me apetece emborracharme.
Y no tengo con quién, pero tengo cómo.
Me siento estéticamente muy madura (y un poco alcohólica) echándome un vaso de vino en mi casa, sola, en mi salón, con los Beatles de fondo y dos gatos mirando.
Hasta que veo el bote de Coca-Cola y se me pasa.
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