Incongruencias I
Me sorprende cómo, de un tiempo a esta parte (menos mal que el tiempo es relativo), se me escapa el lenguaje cuando pretendo guardarlo en algún rincón, secreto y árido, para volver a él. Como un ente con voluntad propia, se larga por la ventana cuando me despisto y ya no llego siquiera a estirar los dedos en ese gesto tan de escritor bohemio en una buhardilla parisina frente a la máquina de escribir. Así, los discursos interiores son intensos pero fugaces, como rayos en una tormenta eléctrica. Incesantes, implacables, levemente insoportables. Quizá he cogido demasiada costumbre de dejarlos ir y ahora no quieren quedarse.
Siento como si la vida fuera un río que corre delante de mí, y yo estoy ahí, sentada en la orilla, viéndola pasar, rápida y arrasadora a veces, relajada y acogedora otras. Y esto está bien, pero creo que no es como debería ser. No quiero ser arrastrada por la corriente como antes, pero quiero volver a bañarme en el río. ¿Es posible rodearte de toda esa agua y no ser controlada por ella? Lo que viene siendo vivir la vida y no que te viva ella a ti. Si se puede salir del río cuando no sabías ni que estabas en él, ¿cómo no vas a encontrar la manera de volver a meterte desde la consciencia (así, con s, un clásico)? ¿O será que el retorno a las tinieblas trae consigo una pérdida inevitable de memoria de lo que había fuera de la caverna? ¿Se acostumbrarán los ojos de nuevo a ver con tan poquita luz? ¿Se puede dejar de saber lo que ahora se sabe con tanta certeza? Desaprender tiene un inconveniente, ¿cómo vuelvo a estar segura de algo cuando todo cuanto he puesto en duda se ha desmoronado prácticamente sin oponer resistencia? ¿Qué fue de aquellas ideas claras y distintas?
No queda otra que seguir caminando y vivir el camino.
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